Por Andrés Jara, Founder/Partner de Alster Legal
Durante décadas, el abogado corporativo fue valorado principalmente por su capacidad de conocer la ley, interpretarla y basado en ella reaccionar ante problemas, muchas veces cuando estos ya estaban sobre la mesa. Hoy, el modelo cambió y uno de los conductores principales es la IA. Si, la IA está cambiando radicalmente el cómo, cuándo y para qué se usa el conocimiento jurídico. El verdadero impacto de la IA no es tecnológico: es identitario. Está redefiniendo el rol del abogado en general y crea presiones multidimensionales.
Ya llevamos algunos años escuchando sobre la amenaza o el valor de la IA en el sector jurídico, pero aún no ocurre el reemplazo temprano del abogado, algo sobre lo que muchos han escrito. Es cosa de tiempo dirán algunos, es imposible dirán otros, lo cierto es que la evolución suele no ser apocalíptica o inmediata, por lo que tiendo a estar más cerca de los primeros que de los segundos. Lo que sí es indiscutible, es que en aquellos equipos o individuos que han sido capaces de adoptar estas herramientas hoy, ya se observa impacto en productividad, principalmente en variables de costo de oportunidad, velocidad, y cantidad producida. Quienes entiendan esta transición ganarán influencia; quienes la ignoren, perderán relevancia. A continuación, cinco tendencias concretas que explican este cambio.
- De la revisión manual a la inteligencia aumentada: La IA ya es capaz de analizar contratos, detectar riesgos recurrentes, inconsistencias y cláusulas atípicas en minutos. Esto reduce drásticamente el tiempo dedicado a tareas de bajo valor. El abogado deja de ser un “revisor exhaustivo” para convertirse en un decisor informado, concentrado en el impacto y no en la mecánica. La pregunta clave deja de ser “¿qué dice el contrato?” y pasa a ser “¿qué riesgo real estamos asumiendo?”.
- Del asesor reactivo al gestor predictivo: Las herramientas de analítica avanzada permiten identificar patrones y tendencias, actividad que antes exigía complejos algoritmos y gran cantidad de datos, hoy tiende a ser más simple y rápido, incluso aumentando grados de acierto. Ya no se trata solo de responder cuando el problema ocurre, sino de anticiparlo. La IA habilita y reduce considerablemente las barreras de entrada y costos antiguamente asociados a estas labores predictivas, lo que constituye un cambio profundo, pues permite con mayor facilidad pasar de apagar incendios a diseñar sistemas que reduzcan la probabilidad de que esos incendios ocurran.
- Del conocimiento individual a la inteligencia colectiva del área legal: Tradicionalmente, el valor del abogado estaba en su experiencia personal. La IA permite capturar, estructurar y reutilizar ese conocimiento a escala. Opiniones legales, criterios históricos y aprendizajes ya no se pierden en correos, carpetas y memoria, sino que se transforman en activos del área. El rol del abogado se desplaza hacia curador y arquitecto del conocimiento legal, no solo su portador.
- De la intuición al soporte de decisiones basadas en datos: La IA está empujando al abogado a hablar un nuevo lenguaje: el de los datos e indicadores. Presupuestos no construidos sobre base histórica, gestión efectiva de tiempos de respuesta, estrategias de rightsourcing nuevas, comprensión y gestión más eficiente de carga de trabajo, un equilibrio distinto entre velocidad, calidad y precio al que se frecuentaba. Esto permite a los equipos legales sentarse a la mesa desde otra posición: no solo desde la opinión, sino desde la evidencia. Legal deja de ser un centro de costo opaco y se convierte en un socio estratégico medible.
- De experto técnico a líder de transformación: Quizás la tendencia más relevante es la menos tecnológica. La adopción de IA exige cambio cultural, descubrimiento y rediseño de procesos y nuevas habilidades. Alguien debe liderar ese proceso, y ese alguien suele ser el abogado, salvo que equipos legales incorporen funciones o roles más evolucionados, como es el caso de los expertos de Legal Operations por ejemplo. Su rol se amplía: ya no solo interpreta normas, sino que debe orquestar personas, procesos, datos y tecnología. La IA no necesita abogados que sepan “apretar botones”, sino líderes que sepan decidir dónde y para qué usarla.
La IA no elimina trabajo legal, elimina fricción, desperdicio y ceguera. Y al hacerlo, libera al abogado para cumplir el rol que siempre debió tener: ayudar a la empresa a tomar mejores decisiones, con menor riesgo y mayor impacto. La pregunta, entonces, no es si la IA va a redefinir el rol del abogado. Eso ya está ocurriendo. La pregunta real es si los abogados van a liderar esa redefinición o si permitirán que otros la hagan por ellos. Como en toda transformación relevante, el mayor riesgo no es tecnológico. Es quedarse quieto.