El mercado financiero y el valor de la información en tiempos de crisis

Durante los últimos 30 años Chile, se ha convertido en un referente en la región en materia de activos bursátiles y mercado de valores, gracias a una política monetaria sólida y un marco jurídico robusto, que han permitido que un país que ocupaba el penúltimo lugar de calidad de vida en Latinoamérica hacia fines de los 70, llegara a estar, indiscutiblemente, entre los 3 primeros lugares hacia el 2019.

Durante los últimos meses en Chile, especialmente desde la explosión de la crisis social del 18 de octubre de 2019, y ante el aumento de la crisis sanitaria provocada por el COVID-19, no son pocos los fondos de inversión (en adelante FIP) que se han replanteado seguir financiando operaciones crediticias en el Retail.

De seguirse este distanciamiento entre los FIP y el mundo productivo, la recesión económica que se espera venga luego de la crisis será agudizada por la falta de liquidez en el mercado, más que por falta de capital o activos transables.

En este contexto de crisis, los abogados podemos aportar con información estratégica que, en el extremo, puede mover la aguja con que se mide el valor de las carteras. Para eso, tenemos que estar atentos a nuevas variables del mercado financiero que antes estaban reservadas a las finanzas e inversiones, y que hoy se abren de par en par al mundo del derecho.

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Los bonos corporativos como fuente de financiamiento

Para entender la forma en la que el mercado se ha resentido con esta crisis social y posterior pandemia, en primer lugar, debemos entender cómo se financian las operaciones de consumo masivo en Chile.

Pensemos en el caso de una tienda de Retail, por ejemplo, el “Mall Feliz”. La empresa se dedica a vender a crédito productos tales como ropa, electrodomésticos, línea blanca, entre un sin número de productos de consumo masivo.

Esta forma de vender “a crédito” plantea la posibilidad de vender muchos más productos que los que el solo alcance líquido de sus clientes permitiría comprar, pero plantea un desafío estructural de financiamiento constante y continuo de caja para la empresa.

Supongamos que “Mall Feliz” solamente tiene como capital $500.000 y decide invertirlo en una determinada TV que le cuesta $500.000 poner a la venta (incluidos todos los costos directos, indirectos y todos gastos) y decide tratar de venderla a $550.000, obteniendo un 10% de rentabilidad.

Un cliente compra esta TV en 24 cuotas de $32.000. Luego de la venta, la empresa tendrá $550.000 en cuentas por cobrar, pero $0 en su caja, pues su dinero “fue prestado” al cliente para comprar la TV, así, diremos coloquialmente que “la plata está dando vuelta en la calle”.

Si la empresa ahora quiere vender una nueva TV, tendrá que pedirle a sus accionistas que aporten otros $500.000, salir a endeudarse con la banca para financiar la operación, o bien emitir un instrumento financiero que se pueda vender, a cambio de caja suficiente para cubrir sus operaciones.

Esta última opción será el centro de la presente columna, enfocado en cómo la información de “cobranza judicial” puede ayudar a determinar la tasa de interés a la que se enfrentará.

Pensemos que, en vez de una TV, “Mall Feliz” vendió 10.000 TVs en todos sus locales, entonces tendrá 55.000 millones dando vuelta en la calle en dinero que “prestó a sus clientes” para que estos pudiesen comprar las TVs en 3, 6, 12, 24 o hasta 36 cuotas.

Así, para poder continuar con su operación, “Mall Feliz” juntará estas 10.000 “operaciones de crédito” y las paquetizará, por ejemplo, en un “bono de deuda retail”, y procurará venderlo a un FIP que tenga, dentro de su cartera, interés en invertir en estos instrumentos crediticios.

¿Qué gana el fondo de inversión al prestarle dinero a “Mall Feliz”? la respuesta es simple. Una tasa de interés por el riesgo que corre, la cual denominaremos “tasa de descuento”.

En nuestro ejemplo, la rentabilidad que la empresa esperaba obtener de su operación crediticia y de venta, era de un 10% sobre costos, pero necesita más dinero hoy para poder refinanciarse y volver a comprar productos para ponerlos a la venta. Por tanto, saldrá a “vender esta cartera de deuda” abriéndose a repartir “la rentabilidad que esperaba obtener cuando los clientes paguen”.

El precio que los distintos FIPs le ofrecerán por su cartera, dependerá, fundamentalmente, de dos variables: riesgo de la cartera y tiempo de devolución.

El tiempo de devolución es una variable conocida, dado que el dueño de la cartera sabe a qué plazo prestó el dinero. El riesgo de la cartera, por su parte, no es tan sencillo de calcular, pues dependerá de “qué tan buenos pagadores serán mis clientes en el futuro”.

Como el FIP ha comprado “el riesgo de la cartera”, si los deudores de “Mall Feliz” no pagan sus deudas, el fondo tendrá una rentabilidad menor a la esperada, pudiendo, inclusive, recuperar menos que el capital que ha invertido, en caso de tener una rentabilidad negativa, o pérdida en la cartera (solo a modo de ejemplo de acercamiento al lector, en el último mes pudimos ver esta “rentabilidad negativa” muy de cerca con la abrupta bajada en Chile del valor cuota que tuvo el Fondo A en los fondos previsionales, provocada por las caídas de las bolsas en el mundo).

Para medir el riesgo de nuestra cartera, lo primero que tenemos que comprender es “qué tiene nuestra cartera dentro”, para lo cual utilizaremos un ejemplo simple, pero no por ello menos efectivo.

Supongamos que vamos al Matadero Franklin a comprar “medio novillo” para hacer un asado con amigos. ¿Cuánto costará ese medio novillo?, la respuesta, al igual que en los FIP, depende de una sola pregunta: “¿cuánto filete, tapapecho y grasa tiene la pieza que quiero comprar?”.

Existen un sin número de instrumentos, cuyo detalle no representa interés de esta columna, que permiten medir el riesgo de una cartera de deuda y separar cuánto es filete y cuánto grasa. Así, cuando “Mall Feliz” sale a “vender” su cartera de deuda, de sus 55.000 millones habrá una parte que será “cartera filete”, que se espera pague dentro de plazo, todos los intereses y con una caída mínima; una “cartera tapapecho”, que pagará en buena medida, pero tendrá algún porcentaje mayor de incobrabilidad; y, finalmente, una “cartera grasa”, que será de difícil cobranza, con muchas gestiones prejudiciales y judiciales, embargos y remates, para hacerse del pago efectivo.

Si tu fueses el gerente de un FIP, ¿por qué cartera estarías dispuesto a pagar más?

Si respondiste “por la cartera de filete”, estás listo para dirigir el más importante de los FIP del país, efectivamente, “pagaré una mejor tasa de interés” por la mejor cartera, o, en nuestro lenguaje anterior de rentabilidad y tasa de interés, “te cobraré una tasa de descuento menor por tu cartera” (de ese 10% que “Mall Feliz” espera ganar, le exigiré que me comparta un porcentaje menor, pues el riesgo que estoy asumiendo por comprarle su cartera, es también menor).

Ahora bien, si yo soy el Gerente de un FIP cuyos dueños han decidido ir a invertir a “un fondo grasa” (o un fondo de alto riesgo y alta rentabilidad esperada en caso de éxito), entonces el precio que pagaré es “mucho menor”, o en nuestros términos, “exigiré una tasa de descuento mucho mayor al vendedor” (le pediré un porcentaje más grande de ese 10% de rentabilidad que “Mall Feliz” esperaba ganar, porque el mayor riesgo lo estoy corriendo, efectivamente, yo). Por tanto, a esta altura, podemos concluir que “a mayor incertidumbre de la cartera, mayor tasa de descuento, y menor rentabilidad para la operación”. En este punto es donde comienza a aparecer una oportunidad de valor incalculable para los abogados innovadores, con visión y que cuenten con herramientas de análisis de juicios.

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¿Cómo la tecnología me puede permitir, hoy en día, disminuir esta incertidumbre?

Pensemos en una cartera de 10.000 operaciones mensuales, es decir, 120.000 operaciones al año, y supongamos que el 20% de los clientes “se espera que pague mal o de forma difícil”, entonces nuestra cartera de “deuda grasa”, será de 24.000 operaciones al año.

Solo a modo de ejemplo, asumamos que parte importante de estos 24.000 clientes no pagará cuando el área de cobranza lo llame por teléfono, y habrá que hacer gestiones de cobranza judicial, por tanto, cuando el FIP “ofrezca su tasa de descuento o monto por la compra del bono” tendrá que internalizar estos costos en dinero y tiempo de “recuperar el dinero”.

Si yo soy el FIP y tengo que evaluar esta cartera, y no tengo información, los fundamentos financieros me indican que “debo asumir el peor de los escenarios y castigar el precio de la cartera”, eso quiere decir, máximo riesgo, mínima posibilidad de recupero y, consecuentemente, la máxima tasa de descuento posible.

Por su parte, “Mall Feliz” siendo el responsable del proceso de cobranza, utilizará todos los medios que estén a su alcance y que sus presupuestos le permitan para intentar cobrar la deuda judicialmente a estos 12.000 clientes, no obstante, resultará virtualmente imposible saber en qué etapa se encuentra mi cartera de cobranza judicial cuando nos encontremos frente a miles de juicios, cada uno con distintas etapas, procesos, tercerías, bienes embargados, oposiciones, entre un sinfín de opciones.

Es en este problema de análisis de información judicial masiva, en que los abogados que se encuentren preparados para utilizar herramientas de big data e inteligencia artificial tendrán una ventaja comparativa sustancial respecto de sus pares, pues, podrán emitir reportes y análisis de inteligencia de negocios en forma veloz y certera construidos sobre millones de datos judiciales que, para un no ilustrado en el Derecho, son información incomprensible.

Un abogado que aprende a utilizar estas herramientas y las incorpora dentro de su ejercicio no solo puede analizar millones de datos en instantes, sino que, además, puede integrar estos datos y análisis en sus estrategias jurídicas, negociaciones y preparación de escritos e informes.

Con todo, esta nueva forma de analizar los datos de “las carteras de grasa”, junto con el aporte y experticia que el Derecho puede sumar parándose sobre los hombres de la tecnología, puede terminar por redefinir la forma en que se entiende todo el mercado de deuda en los Fondos de Inversión.

Si pensamos por un momento que esta información, además, yo puedo cruzarla con la inteligencia de negocios que tiene el FIP respecto de la “probabilidad de cobro de acuerdo al estado de avance procesal de las cuentas por sus resultados históricos”, podemos calcular, efectivamente, el valor presente de la cartera de deuda, con lo que ese espacio de oscuridad e incertidumbre que destrozaba la tasa de descuento del bono, y que se traducía en menos y peores negocios financieros, se ilumina con datos que, en todos los casos entregarán mayor información al FIP a la hora de evaluar el riesgo de la cartera de deuda adquirida, pudiendo ofrecer una tasa de descuento más competitiva, que, a su vez, le dará la opción a “Mall Feliz” de tener un mejor margen de rentabilidad sobre su operación, permitiéndole tener una operación mayor en volumen que le dará espacio para crecer, expandir tiendas, contratar más personal y proyectar su negocio en el tiempo.

No saber, siempre es caro. La información es poder y es importante contar con herramientas que ayuden a gestionarla.

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